Era una larga noche de
verano y la luna esclarecía en el lago, el lago encantado, donde las ninfas
comenzaban su dulce cántico armonizador. Lyleilla sabía que era tarde pero no
podía volver; no debía volver a casa. Decidió pues, pasear por el bosque del
Ocaso, donde el aullido de los lobos y el piar de los pájaros le producían una
tranquilizadora sensación. Recordó el pasado. Un pasado feliz, a la par que sombrío.
No habría sabido decir si quisiera volver a vivirlo de nuevo. Un tremendo escalofrió
le recorrió todo su cuerpo, cuando la secuencia de imágenes pasó, fugaz, por su
cabeza. De repente, le pareció escuchar algo… “¿Ha sido mi imaginación?”,
pensó. No era la primera vez que los recuerdos torturaban su cabeza. Siguió
caminando en busca del hermoso reflejo de la luna en el agua… La noche se
cernía sobre ella como un manto congelado, y las estrellas observaban cada
nítido movimiento que realizaba. Divisó un claro en el horizonte. Puede que
fuera la esperanza de su tormento. Parecía tan lejano… ¿Llegaría alguna vez a
alcanzar aquel sueño? Y entonces, ocurrió. Como una sombra estelar aquel ser
apareció frente a sus ojos. No parecía real. Su nitidez era apenas un atisbo de
lo que en realidad quería ver, y su color, tan puro y virgen como la nieve, la
hizo entornar sus grisáceos ojos élficos… de nuevo, de nuevo un mar de
sensaciones cubría su espesa alma. Tal vez fuera la hora de olvidarlo todo. No
estaba segura. ¿Se podría estar seguro de algo tan onírico? Su mirada se tornó
siniestra y aquel lugar con ese ser mirándola desde lejos, no ayudaba a calmar
sus sentimientos, que luchaban por emanar al exterior. La saturación, por fin,
pudo con ella y su rugido de dolor, resonó en todo el bosque produciendo un
estruendoso eco. Y todo se quedó en silencio…
jueves, 26 de abril de 2012
Sólo tú sabes la verdad...
La
miró a los ojos, unos ojos grises claro que miraban sin ver nada, y le entró un
tremendo escalofrió que no pudo contener. Ella, impasible ante su reacción,
siguió mirando al infinito, sin siquiera parpadear con apenas un susurro entre
los labios…
Llevaban
horas interrogándola, pero Arxa no había abierto la boca ni siquiera para emitir
algún pequeño gemido, cuando su torturador comenzó su trabajo. Todo el FBI sabia
quien estaba detrás de los asesinatos de los últimos días, y la tenían delante;
pero se negaba a confesarlo. Veinticinco muertes en menos de dos días, y ni un
solo testigo en todo el pueblo que lo reafirmara. Sin embargo, el arma
homicida, o lo que parecía ser ello, estaba en su puesto de trabajo: un
bolígrafo, en el cual la punta había sido sustituida por un pequeño pero
afilado punzón de acero, que estaba ensangrentado.
También
se desconocía como podría haber matado a sus víctimas, pues el forense no había
encontrado ningún indicio del arma en los cuerpos… Mientras tanto, el agente más
joven del cuerpo, miraba a la acusada desde detrás del espejo conteniendo en
sus ojos una mezcla entre admiración y miedo. Serka, creía saber como aquella
joven embriagadora había cometido sus crímenes, pero se debatía en una lucha interna
entre ayudar a la justicia o apoyar al crimen. De hacer esto último, ¿no se
convertiría el mismo en el mal que tanto temía? Sí, pero al mismo tiempo le
atraía tanto la idea...
A
punto estuvo de actuar, cuando de repente surgió una llamada en el cuartel. Los cadáveres
que tenían guardados en el depósito
renacían como el ave Fénix renace de sus cenizas. Los guardias corrían de uno a
otro lado atemorizados y el agente que se encontraba interrogando a la hermosa
mujer de piel inmaculada se quedó sin habla. ¿Era posible que las victimas solo
estuviesen inconscientes? Arxa, magullada por todas las partes de su dulce y delicado
cuerpo, y que hasta entonces había permanecido inmóvil, se levantó, resopló y volviéndose
hacia el espejo que la observaba, miro delicadamente a Serka, sin verle y susurro
: “No saben nada. Sólo tú sabes la verdad…”
Venganza
Todavía
lo recordaba con total claridad, aquel día jamás se le borraría de la mente… la
había encontrado tirada en el bosque, cerca del rio. Estaba pálida como la
luna, como aquella luna que brillaba llena en esa noche silenciosa. Su rostro,
otrora lleno de luz y vida, ahora se mostraba oscuro, con las sombras que
otorga la muerte. La habían torturado y vejado gasta la agonía, pero ella se
había mostrado fuerte, como lo había hecho siempre.
Los
recuerdos, aun le eran dolorosos, pero la ira y la sed de venganza no habían
desaparecido de su negro corazón. Desde que encontrara a su hermana medio
moribunda en el claro del bosque, Raclox se había dedicado a dar busca y
captura al asesino que le había arrebatado lo más que más quería. Un año y ocho
meses había transcurrido desde entonces y cada día que pasaba estaba más cerca.
Hasta el momento había conseguido pequeñas pistas, pero no tenía ningún nombre,
ni una dirección, nada… y la policía había abandonado el caso hacía mucho
tiempo. Ya no confiaba en nadie, se había vuelto huraño y había empezado a
enloquecer. A veces pensaba que haría cuando lo encontrase, ¿lo mataría o sería
capaz de llevarlo a que se enfrentase con la justicia? ¿Y cuando todo acabase?
Cuando cobrase su calculada venganza, ¿Qué haría entonces? ¿No se sentiría
vacio y sin sentido?
Entonces,
un buen día, cuando empezaba a desistir del caso y solo quería dejarse morir,
recibió un mensaje. Le daba pistas sobre quien podría ser el culpable. Al
principio no creyó nada, pero poco a poco fue comprobando que aquellos mensajes
desde el anonimato le servían de gran ayuda. ¡Un ángel!, pensó, pero estaba
claro que los ángeles no existían, pues de ser así su hermana seguiría junto a
él… Pasaron tres meses más. El día era agobiante, a pesar de estar en pleno invierno.
“Brip”, un correo electrónico. ¡Lo tengo!, decía; y solo había escrita una
dirección. ¡Bingo! Después de tanto tiempo su momento estaba ahí. El lugar
estaba cercano, asique se vistió y en dos minutos se plantó allí.
No
sabría que haría, tan solo, de momento, quería ver la cara del desalmado que le
había hecho eso a su hermana. Por un
momento la imagen volvió a su cabeza, produciéndole un escalofrío. “Dig dong
dang din”. La puerta se abrió y apareció una chica sin ninguna expresión en el
rostro. Era la chica de la que había estado enamorado desde el instituto.
Sorprendido, la observo bien y dijo aquello que tenía preparado desde hacia
tiempo. “Tu mataste a mi hermana.”, dijo algo dubitativo. Y la respuesta fue…
“Si, lo hice yo”
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